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La enfermedad de las vacas locas, una encefalopatía espongiforme de carácter transmisible capaz de superar la barrera de las especies, ha provocado una de las mayores crisis alimentarias de los últimos tiempos. En noviembre de 2000 aparecía el primer caso de «vacas loca» en España. Cinco años después, la enorme alarma social ha ido sofocándose, lo que ha permitido relajar las medidas adoptadas al inicio de la crisis. La última propuesta de la CE apuesta por aumentar la edad mínima de retirada de la columna vertebral de los bovinos.
La crisis del mal de las «vacas locas» se originó en Gran Bretaña y tuvo su origen en el uso masivo de harinas cárnicas para alimentación animal. A la vez que ha ido perdiendo fuerza, se han ido relajando las medidas de control. La Comisión Europea ha presentado recientemente una propuesta para aumentar, de 12 a 24 meses, la edad mínima de retirada de la columna vertebral de los bovinos, que la UE incluye dentro de los materiales a los que se atribuye el mayor riesgo de transmisión de la EEB.
La encefalopatía espongiforme bovina (EEB) empezó a cobrar vida en 1986. Primero de forma inadvertida, luego de forma ya más generalizada, empezaron a detectarse en Gran Bretaña animales enfermos que presentaban alteraciones nerviosas manifiestas que culminaban con su muerte. El análisis al microscopio de su cerebro revelaba un aspecto que recordaba en mucho al de las esponjas. Nacía así el enigma de la EEB, una enfermedad que ha sido capaz de saltar la barrera de las especies.
La EEB afecta al sistema nervioso y, por tanto, produce cambios en el comportamiento de los animales, que suelen manifestar la enfermedad a partir de los dos años. En 1996 se describió una nueva enfermedad en las personas (nueva variante de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob), que se ha asociado a la existencia de priones similares a los de vacuno.
La principal vía de propagación de la enfermedad se produce a través del consumo de harinas elaboradas con residuos de animales enfermos o portadores de priones. Desde noviembre de 2000, la Unión Europea comienza a tomar conciencia del problema y se empiezan a aplicar medidas para evitar el consumo de estas harinas animales. Este proceso se ha dado en toda Europa aún cuando se conocía el riesgo de su existencia en otros países, e incluso habiendo legislación concreta para evitar su diseminación. Así, desde 1994-1995 se han publicado diversas normas dirigidas a establecer las medidas de protección contra la enfermedad.
Destacan de forma específica las normas que afectan directamente a los productores de carne, y que prohíben el empleo de harinas animales en la alimentación de rumiantes, y a los mataderos, como filtros sanitarios, ya que establecen la obligatoriedad de separar y retirar de las cadenas alimenticias humana y animal los denominados Materiales Específicos de Riesgo (MER): cráneo, ojos, amígdalas, médula espinal de vacuno, ovinos y caprinos de más de 12 meses de edad, y el bazo de ovinos y caprinos de todas las edades, medidas que se están modificando.
La EEB afecta al sistema nervioso de los animales y les produce cambios en el comportamiento No obstante, muchas de estas medidas han sido burladas. Los ganaderos, consciente o inconscientemente, emplearon estas harinas en la alimentación del ganado, especialmente en los animales lecheros (los más susceptibles de padecer la enfermedad), y las autoridades agrarias no tomaron ninguna medida preventiva especialmente rigurosa en el control de la enfermedad. En consecuencia, la enfermedad se presenta como crisis alimentaria y ganadera a finales de 2000.
Se han producido casos de EEB en otros países tras la exportación por Gran Bretaña de bovinos infectados o de harinas de carne y huesos contaminadas. En el Reino Unido ha tenido un desarrollo muy rápido, y ha afectado a gran número de animales de todo el país. No obstante, gracias a las medidas tomadas, se consiguió reducir el número de casos casi en un 90% en 5 años. En otros países como Suiza, Irlanda, Portugal y Francia se han detectado casos de esta enfermedad debidos, posiblemente, a la importación de animales y principalmente por el consumo de harinas de origen animal contaminadas procedentes del Reino Unido. También han aparecido casos en Dinamarca, Italia, Bélgica, Liechtenstein, Luxemburgo, España y Países Bajos.
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