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Las nuevas tecnologías no sólo sirven para mejorar la productividad o la calidad de buena parte de los productos que salen al mercado. También permiten controlar el fraude y, en el caso de los alimentos, certificar su seguridad e inocuidad para la salud humana, animal o ambiental. Pere Puigdomènech, experto en genética y biología molecular de plantas en el Instituto de Biología Molecular de Barcelona (IBMB-CSIC), defiende su aplicación en el control alimentario.
El científico catalán Pere Puigdoménech (Barcelona, 1948) tiene actualmente un triple punto de vista de cómo afectan -y ayudan-, las nuevas tecnologías para controlar la calidad de lo que se consume. Alterna y complementa su trabajo como investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el Comité de Ética y Nuevas Tecnologías de la UE y es, además, miembro, del Panel de Organismos Modificados Genéticamente de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria.
Una de las exigencias a los científicos por parte de la sociedad, y de quienes les pagan, es que sus descubrimientos tengan una aplicación práctica inmediata. Con esta trasposición acelerada, las nuevas tecnologías ¿son un riesgo o un peligro para el consumidor?
A priori podrían ser un riesgo. Cada vez que introducimos algo nuevo en el mercado puede aparecer algún efecto que no se haya probado, o que se haya probado insuficientemente, difícil de controlar. Pero las mismas tecnologías tienen a la vez un efecto tranquilizador. Precisamente porque pueden aparecer estos riesgos, en los últimos años se están aplicando únicamente aquéllas sobre las que ha habido un control extraordinario.
¿Cómo tranquilizar a los consumidores?
Tienen que tener en cuenta que cuando hay una nueva tecnología que se aplica a controlar lo que se consume, también se emplea prácticamente en segundos.
Pero muchas veces las nuevas tecnologías son opacas, no nos enteramos de lo que consumimos y muchos de sus efectos no aparecen sino a largo plazo.
Siempre va a haber quien quiera entrar en un mercado mediante un fraude. La experiencia nos demuestra que el riesgo no está tanto en las nuevas tecnologías o los avances, sino en que siempre va a haber quien intente saltarse los controles, quien va a saltarse las leyes, que son cada vez más duras y exigentes.
¿Es lo que pasó, por ejemplo, con el uso de piensos animales prohibidos y que acabó con la crisis de las vacas locas?
Efectivamente, el peligro viene por ahí. No tanto de las novedades, sino de su uso fraudulento. Y tenemos que estar alerta, porque sabemos que eso ha ocurrido siempre. Seguramente hace 10.000 años ya había fraudes en el consumo.
¿Tanto?
«Seguro que en cuestiones alimentarias hay un cierto nivel de fraude que no somos capaces de detectar» Sí, el problema del fraude es muy antiguo. Ya en algunos textos romanos aparecen normas y alusiones a algunos de ellos. Y han ocurrido siempre. En la Edad Media hubo que elaborar reglamentaciones para impedir, o limitar, la mezcla de arena con harina para hacer el pan.
¿Es posible que hoy día pase algo tan burdo?
No. Hoy día como el consumidor está muy sensibilizado, se mira en detalle la reglamentación. En la Unión Europea hay un control extraordinario, que afecta a todas las etapas. Están reglamentados la garantía del transporte, el bienestar animal... Hay centenares de reglamentos que contribuyen a que aumente el control hasta un nivel nunca visto hasta ahora.
¿Y cuáles son las últimas aportaciones de la ciencia a estos controles?
Los más recientes, son la perfección de los sistemas analíticos. Tenemos técnicas analíticas necesarias para detectar todos los contaminantes que están regulados, y hacerlo en segundos, desde los metales pesados hasta los derivados de la actividad industrial, como las dioxinas o los policlorados, o los que se utilizan directamente para mejorar la producción, como los pesticidas o los antibióticos que se usan para el engorde animal. Y además, esas tecnologías cada vez son más fáciles de aplicar. También técnicas microbiológicas, que permiten detectar cualquier microorganismo contaminante.
En los últimos años el avance que se ha hecho más famoso es el de la genética, con las sucesivas secuenciaciones del ADN de un montón de especies animales y vegetales. ¿Se puede aplicar esto también a la seguridad del consumo?
Claro. Con las técnicas de secuenciación del ADN se puede asegurar que lo que se vende es realmente lo que se dice que es. Podemos identificar especies diferentes, o una variedad determinada.
¿Por ejemplo?
Podemos saber qué variedad de manzana se trata, identificar cuál se ha usado en la elaboración de un producto (una mermelada, por ejemplo), o distinguir si estamos comprando fletán o lenguado, e incluso si vienen de Canadá o Tailandia. Es un proceso al que se recurre cuando hay disputas jurídicas.
También sirve para identificar transgénicos, ¿no? ¿Han detectado ustedes mucho fraude en este aspecto, que es uno de los que más preocupa?
Nuestra experiencia directa en organismos modificados genéticamente es muy grande. Al principio hubo sus dudas, pero ahora se controla mucho.
Pero hay países, como Estados Unidos, Australia o Argentina con gran superficie de cultivos transgénicos. ¿Cómo sabemos que no los estamos comiendo?
«Hoy día disponemos de las técnicas analíticas necesarias para detectar todos los contaminantes y microorganismos que están regulados, y hacerlo en segundos» Por lo que yo sé las empresas están cumpliendo la reglamentación de manera muy precisa. Lo que hacen es desviar las variedades transgénicas a usos industriales o a pienso para animales.
Así que podemos estar seguros de que no estamos tomando un bollo de maíz transgénico, por ejemplo.
Yo diría que sí. La opinión pública ejerce una gran presión, y sería un escándalo que ninguna empresa estaría dispuesta a correr.
Pero aparte de su control, ¿está fundado el rechazo que producen los transgénicos?
El consumo de las plantas modificadas genéticamente se ha controlado más que el de cualquier otra variedad. Se han medido su toxicidad y su alergenicidad, y los controles y las reglamentaciones demuestran que se han seguido a rajatabla.
Pero eso no parece convencer a los consumidores.
El problema que más preocupa es su efecto en el medio ambiente. Y eso hay que estudiarlo caso por caso. En el Reino Unido se han hecho estudios con variedades de plantas -que no eran de las que están aprobadas- y se vio que en unos casos aumentaba la biodiversidad (el número de especies vegetales y animales de la zona de cultivo) y en otros no. Y eso es lo que hay que hacer, estudiarlo. A nivel de alimentación hay muy poca gente diciendo que los organismos modificados genéticamente sean un riesgo para la salud. Tiene más fundamento la preocupación por el medio ambiente.
Además de en el Panel de OGM, usted trabaja en otros campos. ¿Qué mejoras podemos esperar?
«Con la genética podemos saber qué variedad de manzana comemos, si compramos fletán o lenguado o incluso si procede de Canadá o Tailandia» En el CSIC hacemos investigación básica. Intentar entender cómo se desarrollan las plantas, cómo se defienden de los parásitos, de la sequía. Y también tenemos un consorcio con el IRTA (Institut de Recerca i Tecnologia Agroalimentàries) de la Generalitat de Cataluña y trabajamos sobre todo en técnicas de mejoría genética y sistemas que marcan genes de interés para la agricultura. Y también de identificación, para saber cuándo un híbrido lo es realmente y en qué medida.
Desde su puesto privilegiado de observador, ¿diría usted que hay ahora más o menos fraude que antes?
La verdad es que no lo sabría decir. En Europa la sensibilidad es tan grande que la empresa que se arriesgue corre un gran peligro. Pero seguro que hay un cierto nivel, y que no lo detectamos.
Las nuevas tecnologías aplicadas a la alimentación, la medicina o incluso a las industrias, de seguro tienen un objetivo: convertirse lo antes posible en un producto de consumo. Pero esta transición no puede hacerse sin control, advierte Pere Puigdoménech, miembro del Comité de Ética y Nuevas Tecnologías de la UE. Incluso las normativas más alejadas pueden tener efectos prácticos.
Un caso claro son los ensayos en el Tercer Mundo. Hay que evitar abusos, como que algunas empresas se aprovechen de la vulnerabilidad y de la necesidad de algunos países para comercializar y vender sus productos antes de que sean del todo seguros. El objetivo es que la pobreza de un país no condicione las facilidades que da. Como ejemplo, el científico pone el uso de organismos modificados genéticamente (los cultivos transgénicos).
Ante el embargo de la Unión Europea, que no da permisos para nuevas plantaciones desde hace más de cinco años, las compañías productoras de semillas se han volcado en países menos ricos y con una gran necesidad de productos con los que alimentar a una población creciente, como Brasil, la India y Filipinas. Esta política empresarial no es mala ni buena. Depende de si los nuevos productos se usan en países menos ricos simplemente porque lo permiten, o porque son alimentos que no pasarían los controles de seguridad que imponen los europeos. Puigdomenech no cree que en este caso se trate de fraudes en el control. Hasta la fecha, el consumo de cultivos transgénicos no se ha demostrado dañino para la salud animal o humana, recuerda. Por si acaso, la UE mantiene un control de estas experiencias, que pueden servir para en un futuro levantar, o no, el embargo impuesto por la opinión pública.
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